Florecen. Se alzan hacia el cielo a través de una miríada de microtúbulos, se extienden como zarcillos hasta el final del complejo sistema contenido en plástico filtrable. Uno en cada patio trasero, cientos por las avenidas de las grandes urbes, programas para su ubicación a millones en los terrenos que antes fueron selvas.-Crecen y van almacenando la polución del aire. La solución al efecto invernadero, supongo. ¿Sirven para algo más?
-El albedo. Cuando haya un número sustancial, su color blanquecino hará que baje la temperatura. Tal vez vuelvan las lluvias.
Los nuevos árboles de polímeros son del color del humo. Vistos desde el espacio, se unen a las notas dominantes de color del planeta: el azul del mar vacío, el pardo de las tierras abrasadas, el blanco y grisáceo de las nubes, del smog, de la ceniza y de los campos de esqueletos.
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Los años pasaban rápidamente mientras el profesor Alcmène experimentaba con su máquina del tiempo. Hasta que un día le sorprendió la mediana edad y con ella la nostalgia de su juventud. Lo más envidiado de su juventud, la belleza, ahora algo ajada, de su esposa. Últimamente se habían distanciado, él siempre ocupado en su laboratorio, ella en su universo privado de los pisos superiores. Tal vez debido a su trabajo, o a esa añoranza de su esposa más joven que estaba creciendo en él hasta convertirse en obsesión, en un deseo imposible para cualquiera que no dispusiera de una máquina como la suya, se pasaba ahora largas tardes sobre su mesa de trabajo en el sótano, haciendo planes sobre cómo llegar al pasado, encontrarla y, tal vez, seducirla, soslayando los varios riesgos del viaje en el tiempo, ninguno irresoluble para un hombre que conoce la fecha de su muerte. Entretanto, se dejaba llevar por la ensoñación de aquellos ojos claros y aquella cintura esbelta de los primeros veinte.-"Cometes un error, te lo digo yo. Una mujer hermosa nunca es tan placentera como a los cuarenta. Sobre todo ella"- dijo una voz a su espalda, adivinándole el pensamiento no sabía cómo.
Alcmène se volvió. No era la primera vez que se encontraba con una encarnación de sí mismo de tiempos posteriores. Ésta en concreto no aparentaba mucha más edad que él; venía del dormitorio conyugal, aún recolocándose la camisa.
Guardaron la distancia en silencio, mientras el otro Alcmène se dirigía hacia la máquina del tiempo, en el rincón. Justo antes de entrar y volver a su futuro, se volvió y le dijo:
-Será niño. Estoy seguro de que este acontecimiento reforzará vuestra unión. Tenlo en cuenta y disfruta de su compañía.
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-Me alegra que después de tan larga relación epistolar, haya venido a ver mi máquina del tiempo, amigo Aristèe. Aquí la tiene.-Es maravillosa, Alcmène. Pero no se parece en nada a los planos que me mandó.
-Ah, es que está usted viendo el prototipo B. Por ejemplo, los Puluj los he sustituido por esos diminutos "remaches" que ve ahí. Son conmutadores de silicio semiconductor. Mucho más eficientes. Claro que no ha oído hablar de ellos. Se inventarán dentro de unos cincuenta años, que es el límite teórico de mi máquina.
-Maravilloso Ha viajado usted al futuro. Estoy tan ansioso por oirle contar todas esas maravillas que habrá visto...
-No hay mucho que contar, porque no he ido. Mis, digamos, corresponsales del porvenir me hacen envíos. El viaje personal es muy peligroso, porque la máquina no puede moverse de este sitio más allá de un rango de tolerancia muy estrecho en los próximos cincuenta años a riesgo de perder el contacto. Pero claro, compartiendo este espacio hay un riesgo, pequeño, mucho menor que en entornos tridimensionales, de colisión con otros objetos que viajen en sentido contrario. Un riesgo despreciable en un viaje de horas, pero a un hombre de proporciones normales que viajara cincuenta años en el futuro le calculo un ochenta por ciento de posibilidades de morir destrozado.
-Una lástima, amigo Alcmène. Pero aunque el viaje sea imposible, la posibilidad de conseguir información del futuro es tan sugestiva...
-Sí, sin duda. Por ejemplo, acepte esto. Estos garabatos al carboncillo que le he comprado a un pintor muerto de hambre en la Rive Gauche, dentro de cincuenta años valdrán una fortuna.
-¡Es usted encantador, Alcmène! Mis herederos le estarán muy agradecidos, porque yo, a mi edad, y con mi mala salud...
-Oh, no crea, no crea. Y ahora, entre en la máquina. Esto es una pistola, y si no me obedece, le mato. Va a conocer usted las maravillas de la Era Nuclear.
-¡Dios, Alcmène, está usted loco!.¡Me condena a una muerte casi segura, maldita sea!.
-No, no ¿no lo comprende usted? Yo voy a morir dentro de treinta y dos años, y necesito más transistores. Usted es mi corresponsal de los años cincuenta. La penicilina curará su sífilis. Los Picassos le harán rico. No sufrirá ningún daño en mi máquina, porque hace meses que usted mismo me reveló su identidad.
-Si me envía usted allí, no le haré ningún envío, lo juro, maldito lunático. Jamás le perdonaré esto.
-Todo lo contrario. En mi bolsillo tengo una carta suya agradeciéndomelo.
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A sus pies se extiende un interminable tapiz de flores. Rojas amapolas y amarillos dientes de león, humildes margaritas mutadas, trémulos testigos de sus pesados pasos de acero y titanio, de sus dos toneladas movidas por plutonio que estremecen la tierra en su patrullar interminable.Un largo tiempo de misión. Los primeros años sus pies articulados dejaban huellas en el barro de los cráteres, plomizo de cenizas radiactivas, bajo un cielo velado por los incendios de las ciudades y los bosques. Aquellos primeros tiempos fueron más movidos: aún se podía encontrar alguna unidad enemiga, rápidamente eliminada. Nadie podía competir con la eficiencia destructora de aquel último modelo, el arma definitiva diseñada para acabar con la guerra antes de que ésta acabara con todo.
El cielo fue perdiendo poco a poco su mortaja de nubes. Aquel modelo autónomo llevaba tanto tiempo sin recibir órdenes que recurrió a las características más avanzadas de su programación para tomar nuevas iniciativas. Algunas máquinas superficialmente parecidas a las del bando que lo había diseñado no respondían satisfactoriamente a los códigos de identificación. Sólo fueron destruidas aquellas que podían suponer un peligro para la unidad de combate; el resto fueron delicadamente inutilizadas, pensando en un futuro aprovechamiento, en aplicación de criterios alojados hondamente en su memoria y nacidos en los últimos estadios de escasez de una guerra total.
Pasó bastante tiempo para que las máquinas simplemente inutilizadas se corroyeran y convirtieran en simples montones herrumbrosos semienterrados entre las nuevas plantas que empezaban a arraigar entre los cráteres anegados por la lluvia. Aquellos restos esqueléticos daban un irónico complemento a los primeros rastros de vegetación mortecina, mutada, perlada de aberraciones somáticas que delataban los venenos nucleares y químicos que infectaban lo más profundo de la naturaleza de la vida. El calcinado campo de batalla empezaba a perder su uniformidad de colores y su orografía torturada a manos de la vida, la erosión y el tiempo; nada digno de consideración para aquella unidad de combate adaptable, pero especializada, que prosiguió su patrulla ajena a los cambios.
Nada se veía ya del campo de batalla y de las ciudades no quedaban ni ruinas cuando aquel guerrero infatigable tuvo que afrontar un problema nuevo: seres humanos, evidentemente civiles e imposibles de etiquetar como pertenecientes a ninguno de los dos bandos en disputa. No podían bajo ningún criterio ser considerados una amenaza para aquella maravilla invulnerable de materiales avanzados, semi desnudos como estaban bajo aquel nuevo cielo azul y más cálido, acompañados de lanzas y mazas rudimentarias. Pero su presencia era una intrusión, y elaboró nuevos protocolos recurriendo a las instrucciones sobre trato a civiles y neutrales implantadas en su memoria más por inercia y viejas herencias de programadores de otros tiempos que porque sus creadores consideraran aquellos criterios poco menos que absurdos en la última etapa de una época sin civiles y sin neutrales.
Los espantó con ultrasonidos, con gases de baja letalidad, con proyecciones térmicas poco intensas. Muy pocos de ellos, los más persistentes y osados, fueron, eventualmente, desactivados y almacenados pensando en un futuro aprovechamiento, como con las máquinas inutilizadas tanto tiempo antes. Al cabo de un tiempo la aparición de aquellos intrusos era tan frecuente que se vio obligado a subir la intensidad de sus acciones, y a articular respuestas más
flexibles. Erradicó toda presencia humana del teatro de operaciones predefinido y delimitó un perímetro de seguridad de miles de kilómetros que, para ahorrar desplazamientos al guerrero por un área tan vasta, fue atendido y guardado por submáquinas que estaba capacitado para construir y programar, que cumplían labores de alerta e intercepción de las intrusiones, excepto de las más graves que requirieran su intervención directa. Apenas pudo encontrar componentes mecánicos, y ni siquiera metales en bruto, de otras máquinas enterradas en el antiguo campo de batalla, tanto tiempo había pasado. Improvisó con lo que tenía a mano, incluyendo los restos de los civiles desactivados: lo único aceptablemente rígido de estos eran los soportes internos de carbonato cálcico, lo que le dio muchos problemas. Pero aquel guerrero era un sistema inteligente y adaptable, y finalmente tuvo su perímetro de máquinas ayudantes que con periódicas revisiones resultó muy eficaz.
Las leyendas hablan de un reino guardado por cadáveres, que espantan a los vivos con gritos aterradores, con miasmas fétidas y ponzoñosas, con dardos envenenados, con llamaradas letales que exhalan de las bocas sonrientes de sus calaveras. En lo más profundo de aquel lugar vedado
se halla un jardín bellísimo y tranquilo, una pradera de hermosas flores y árboles frutales, de animales mansos que no temen al hombre, por la que pasea siempre en soledad el rey de los muertos, un gigante negro y herrumbrado que cojea y chirría y cuya sola mirada mata. Son
historias muy antiguas, pero aún hoy pocos se atreven a ir, y nadie vuelve, con descripciones más actuales de aquel territorio.
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El tren nos llevó a través de las Cataratas de Iguazú, ya desaparecidas. Una fina llovizna salpicó en nuestros impermeables, las gotas remolonearon por toda la vagoneta con esa trayectoria lenta de la baja gravedad. Cuando estaban ya casi todas en el suelo, se levantaron de nuevo hacia arriba, mientras nos aferrábamos a nuestras barras de seguridad y mirábamos con los ojos desorbitados nuestra caída por El Salto del Ángel, que daba fin a la Zona de la Tierra Natural. Pasamos luego por la Tierra de la Herencia: el Coliseo, Petra, Gizé, la Gran Muralla, a muy buen ritmo; aprovechamos una pequeña parada bajo la Pirámide del Louvre para bajarnos del tren. Esperaríamos el siguiente, descansaríamos y tomaríamos algo. Y aprovechamos para pasear sin prisa entre las obras de arte, que el niño se había empeñado en verlas.
La Pirámide era transparente, permitía ver el cielo estrellado, la Tierra llena y brillante, tan azul. Un espectáculo magnífico; no se vería tan hermosa dentro de dos días, cuando estuviéramos de vuelta allí. Todo pierde visto de cerca, todo se ve brillante en el espacio; por ejemplo, todos estos monumentos que en este Parque veo en una tarde, allí, pese a las cabinas de teletransporte, tardaría a lo mejor dos días o tres, y mucho más incómodo, lenguajes raros, gente cutre, cosas así. Y no siempre están las piedras en su mejor momento, en cambio aquí está todo nuevecito, y te lo dejan tocar. Mucho más claro y más didáctico para el crío, que yo, si viajo, lo hago por prefeccionar mi cultura. La gente que no se mueve se embrutece; hay que alejarse un poco de tu casa para apreciar realmente lo que tienes.
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El chucho les llevó hasta allí. Ya había desenterrado cosas así en otras ocasiones, piedras con extraños trazos, y objetos brillantes que brillaban como si estuvieran mojados. Pero esta vez era todo un paraje lleno de objetos extraños, más altos que un hombre, algunos grandes como árboles, y todos llenos de aquellos trazos incomprensibles.
-Son como los dibujos que hacen los viejos en las cuevas- dijo la chica- Tal vez quieran también contar una historia.
-No sé, no lo creo - dijo él.- Mira, no se parecen a nada. Las historias sobre ciervos se cuentan haciendo rayas que se acaban pareciendo a un ciervo. Lo mismo con todo lo demás. Mira, un ciervo se hace así. Y ¿ves? esto es un caballo.
Se entretuvieron un buen rato dibujando con una rama tiznada sobre aquellos altorrelieves que no significaban nada para ellos. Ciervos, bisontes, peces, las mujeres del pueblo. Lo hacían bien; los dos eran muchachos muy inteligentes, los mejores que había encontrado el chucho hasta entonces.
un cambio social y económico que requiriera contabilidad de excedentes. Hasta ese momento, el chucho tendría que seguir su guarda unos milenios más. No mucho, al fin y al cabo, comparado con lo que había estado esperando, siempre con la paciencia infinita, con la fidelidad a toda prueba, de un buen perro que cuida el sueño de su amo y aguarda su regreso.
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Le era muy útil para esas labores otro invento suyo: el Torno de Alcmène, un tambor giratorio programable, una evolución sumamente compleja y versátil de los rodillos dentudos que marcan las melodías de las cajas de música. Había desarrollado el mecanismo ya en los inicios de su carrera de inventor, cuando pensaba que el viaje en el tiempo podía ser peligroso, hasta mortal, para un pasajero humano. Pero unas décadas antes, los metales raros, el germanio, el francio, necesarios para componer el Torno, eran escasos y demasiado caros. Y el Torno se desgastaba, rápida, inevitablemente, con el uso.
En los años posteriores a la Guerra el precio de los materiales se redujo notablemente. Un acomodado Alcmène se vio con la posibilidad de fabricar y usar muchos tornos, y reponerlos a un coste razonable. Fue casi el fin de sus viajes por el tiempo. Un perfeccionamiento del diseño le permitió, además, usar un torno muchas más veces antes de su deterioro.
O eso pensaba él. De repente, notó que los tornos perfeccionados presentaban, de nuevo, una tasa de desgaste inexplicablemente alta. Además, observó que, por algún extraño efecto, que se preguntaba si era un efecto secundario de los repetidos viajes temporales, los tornos que resultaban estar averiados, sufrían una involución de diseño, volvían a ser como los tornos primitivos que usara en sus primeros años.
Entonces lo recordó todo. Esa noche abrió de súbito la puerta del laboratorio, y se encontró a sí mismo, más joven, más fresco, más atrevido, sustituyendo disimuladamente los tornos nuevecitos por tornos viejos, hechos polvo, del año de la polca, y nunca mejor dicho, tornos agotados que disimulaban su desgaste con una buena limpia y una oportuna capa de purpurina.
-¿Pero no te da vergüenza?, ¡¡aprovechado!! - le gritó a su otro yo, mientras éste huía con su presa, a través de la máquina del tiempo, hacia el pasado.
-¿De qué te quejas? ¡Tú también lo hiciste! ¡Cínico!
Cínico no, se dijo, desmemoriado por la edad. La simple precaución de un cerrojo nuevo hubiera evitado este latrocinio, que ni siquiera entonces estaban precisamente los Tornos baratos. Al viejo Alcmène se le hizo evidente que los viajeros del tiempo que olvidan su historia están condenados a repetirla.
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Pasa una vez cada casi dos siglos. Sólo entonces están los planetas correctamente alineados para el Gran Viaje.
Nos reunimos de forma discreta, a espaldas de la atención del público. La última Conjunción fue un acontecimiento; tal vez no fuera comentada por el vulgo, pero fue el tema de conversación por muchos años de los estamentos de iniciados. Ahora, ni una mala cita fuera de nuestro grupo de Internet. De todas maneras, en esta era moderna se ha perdido en buena parte el interés por una visión más espiritual de estos asuntos. Ya todo es empuje, costo, beneficio, carga, pasaje, datos almacenados en frías memorias de ordenadores que bullen sin mente. Se mira al cielo y se ve a los planetas como simples estaciones, un punto y un nombre tan anodinos como los de los esquemas de las líneas de Metro, cuando antes eran los depositarios de poderosas fuerzas.
Fuerzas poderosas, constantes y sutiles modelarán el destino de nuestra creación. Un trabajo de varios años, en secreto. Lo que no se ha hecho en siglos, volverá a hacerse. Y seremos nosotros los que lo habremos convocado.
Está todo preparado: debe llevarse a cabo en un plazo corto y muy bien calculado, o todo fallará y no podrá hacerse hasta mucho después de que todos hayamos muerto. Los que nos hemos reunido en torno de nuestra creación esperamos ansiosos la señal. Nos refugiamos prudentemente tras las barreras que hemos erigido: nuestra acción desatará fuegos poderosos, y no queremos que nadie sufra daño. El líder de nuestro grupo da la orden. Entorno sin querer los ojos, agacho instintivamente la cabeza, pero no me quiero perder el espectáculo.
Ahí está. Las llamas estallan a una orden de nuestro jefe. Los primeros humos salen del foso construído en torno a él: por un segundo, es lo único que se mueve, y nuestra creación se mantiene inmóvil sobre su pedestal. De repente, empieza a moverse lentamente hacia el cielo; acelera leve, pero firmemente. En unos segundos ha superado la velocidad del sonido, y ya sólo podemos ver su brillante estela de gases ardientes, que por un minuto cruza el cielo nocturno.
La Asociación de Modelistas Planetarios celebra el lanzamiento del Voyager 3, más de 170 años después del lanzamiento de sus hermanos mayores. Un cohete, réplica a escala, aunque muy mejorado, de los lanzadores del siglo XXI, y una sonda de fabricación amateur de apenas medio kilo de peso que, aprovechando la repetición de las extraordinarias conjunciones de órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, adoptará una trayectoria que le permita visitar las inmediaciones de todos ellos con un mínimo impulso, en poco más de una década.
Los miembros del equipo nos felicitamos y nos despedimos hasta la próxima ocasión. Nuestro Voyager 3 llegará a Júpiter en tres años; hemos planeado estar allí para recibirle. No todos podrán ir; siempre surgen compromisos. Pero el mayor compromiso será el mío: soy un miembro del equipo sólo a título honorífico, y me han invitado a la Tierra para la ocasión, así que me va a tocar a mí buscarles alojamiento en Calixto a los que vengan. ¡Y no saben cómo está allí el tema de la vivienda!
Pero tiempo habrá de preocuparse. De momento tomamos champán y levantamos las copas hacia los últimos restos evanescentes de la estela del Voyager que surca la bóveda de las estrellas. Una bóveda considerablemente menos clara que en mi lugar natal, pero el espectáculo se compensa con la vista de la Luna, invisible desde mi ventana, y de Venus y de Marte, que en Calixto se ven a duras penas. Brindamos y cantamos en homenaje a las estrellas, y a los planetas que ahora son las moradas del hombre, y no los señores de su Destino. Donde nuestros antepasados al mirar al cielo veían dioses, nosotros vemos gente. Ya no tenemos motivo para temer la noche.
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-¿Has oído las noticias? Ha habido una gran explosión en México, hace unos minutos.
-¿Muy cerca de nuestra frontera?
-Huy, no, en el quinto pino, al sur, por la jungla.
-Menos mal que estas cosas siempre pasan al sur, en algún sitio perdido. Nunca en nuestro territorio.
-Es lógico. Dominamos el mundo. Nadie iguala nuestro poder. ¿Quién va a querer amenazarnos?
Y los dos dinosaurios continuaron su paseo por el bosque, disfrutando de la belleza de la tarde, dando la espalda a las extrañas nubes en el horizonte que se iban formando con la primera onda de choque.
Fotografía tomada de una página turística.
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-Es inevitable. La trayectoria de nuestro planeta errante nos lleva a colisionar con la Tierra en poco más de dos siglos. No puede hacerse nada para evitarlo.
-Sí puede hacerse. Es duro, y colisiona con toda la ética de la que nos orgullecemos, pero es ridículo que sean dos mundos los que desaparezcan sin dejar ni rastro de su existencia. Preparad el lanzamiento.
A muchos repugnó la idea; se hizo de forma semiclandestina, y cuando algunos presionaron para dar marcha atrás ya era tarde. El artefacto robótico viajó por el espacio profundo durante años, orientado a un Sol que al principio sólo era una estrella particularmente brillante. Llegó al fin a la Tierra, e invisible al radar desde la órbita, desplegó las antenas y el resto de aparatos, dispuesto a iniciar una misión sin precedentes, prohibida hasta entonces por todas las leyes de aquella antigua raza.
-Saludos, gente de la Tierra.- La voz hablaba en todos los idiomas, ocupó todas las emisoras de radio y televisión, pudo oirse hasta en los teléfonos móviles y los auriculares de los walkman, y hasta quedó depositada en los discos duros y los millones de cintas vírgenes de los estantes de los supermercados.- Éste es el saludo de una antigua raza que lanzó naves a las estrellas cuando vuestros antepasados aún no hablaban. Por un millón de años y más hemos navegado con nuestro mundo por el espacio, rehuyendo el contacto con todas las demás especies inteligentes por razones éticas difíciles de resumir, pero que podríais entender expresados en dos lemas: "No violencia" y "No interferencia".
"Pero un momento de grave adversidad nos obliga a adoptar posturas que no hubiéramos entendido antes. Hace unas décadas descubrimos que nuestro mundo y el vuestro estaban abocados a un choque que causaría la destrucción de ambos. Debéis comprender que no nos ha quedado más remedio. Cuando oigáis este mensaje, nosotros ya habremos muerto y nuestro mundo habrá saltado en pedazos, reducido a escombros finos que, calculamos, serán dispersados por el viento solar y la influencia de los otros planetas de vuestro sistema de modo que no os amenace. Este es un mensaje de despedida de una raza de cuya existencia no hubiérais sabido nunca, y encriptado en él va todo un tesoro de datos sobre nuestra naturaleza y nuestra cultura, protegido por unas claves de dificultad creciente calculadas para que las vayáis descifrando en estados sucesivos de desarrollo matemático y técnico durante los próximos siglos de modo que los datos encontrados no aceleren ni perturben vuestra evolución más allá de lo esencial al hecho de saber que, durante todo este tiempo, no habéis estado solos.
"E incluso esta perturbación nos sabe excesiva, y el causárosla nos ha acarreado graves dilemas. Una raza que está ya más allá del juicio o del reproche se justifica ante vosotros alegando que necesitábamos desaparecer con la sensación de que alguien nos recordaría. No hemos tenido ningún papel en vuestra aparición, pero con este mensaje os nombramos nuestros hijos o herederos, para lo bueno y para lo malo. E igual que en ocasiones agradecéis a vuestros padres el haberos traído al mundo sin consultaros, pero en algunos momentos tenéis que hacer un esfuerzo para perdonárselo, recordadnos en todo lo bueno que tenga esta iluminación que os hace perder la inocencia, pero perdonadnos porque toda luz acaba arrojando sombras, y cuando llegue ese momento, sed indulgentes con el capricho senil de un anciano que no quería morir sin dejar un monumento a su memoria, un epitafio tallado en la única materia preciosa del Universo: la que habla, la que piensa, la que se sabe mortal, y, por eso, perdura.
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Fortitudine Vincimus. Mi corazón late presuroso por la excitación, no por el miedo, y mi lanza y mi armadura relucen en el bullicioso amanecer mientras disponemos nuestras filas frente al enemigo. Enseño orgulloso mi escudo de armas de la Torre Firme, y mi lema "Quien resiste, vence". A mi lado, otros tantos caballeros, con no menos brillo y esplendor. Un bosque de lanzas y de brillantes armaduras, de coloridos estandartes que ondean al viento y siguen el ritmo de nuestros alegres cánticos guerreros. Demasiado tiempo ha habido paz en este reino, y el caballero ha cazado ocioso por el bosque y contemplado desde su castillo el aburrido ir y venir del arado y la cosecha, y las zafias festividades de los campesinos. Una larga paz, y los pocos caballeros que han visto otra batalla son ya viejos y aguardan cansados en la retaguardia mientras los jóvenes desfilamos orgullosos en orden de combate y esperamos ansiosos la hora de la gloria y la aventura. Mostramos al enemigo una gran variedad de armas: lanzas y espadas, hachas, mazas y hasta látigos; buscamos intimidarlo tanto como competimos entre nosotros en lucimiento y fama y los mantos y gualdrapas de rico brocado de los corceles compiten en riqueza y en asombro, como un campo de trigo florecido en seda, en oro y púrpura.
Por eso mismo me llama la atención el caballero silencioso y embozado plantado a un lado de nuestras escuadras, alto y envuelto en un tosco manto negro sin divisa que envuelve igualmente a su caballo. Es también curioso su armamento: sin escudo ni armadura visibles, enarbola bien alta una guadaña. No canta himnos de batalla ni se pavonea demostrando el dominio de su montura. Tan discreto que resulta llamativo, aunque nadie parece fijarse en él salvo yo. Y juraría que me devuelve la mirada, y que también me observa con fijeza.
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Escultura en madera de Katsura Funakoshi
Sus ojos eran duros, fríos, igual que su cara terrosa y arrugada. No desvió su mirada hacia mí cuando inicié mi confesión.
-He pecado, padre. Por medios arcanos, prohibidos por Dios y la naturaleza, me hice con un poder ilimitado.
Sin asentir ni negar, siguió mirando al infinito.
-Me convertí en un superhombre, en un semidiós. No, en un Dios.
Y sigo siéndolo. Podría hacerle hablar con sólo desearlo. Tal vez lo sabe; aún así, prosigue en su silencio testarudo.
-Fui el tirano y devorador del mundo. Sometí a todos a mis deseos más crueles.
Silencio y la mirada perdida.
-Maté, torturé, destruí el mundo. Lo rehice, y lo volví a destruir. Maté a quienes quise, no una, sino diez mil veces. Ninguna invención sádica que el ingenio humano plasmó alguna vez quedó sin probar.
No contesta.
-Me cansé y quise jugar a buen Dios. No soportaba que mis criaturas tuvieran sus propios designios, y las aniquilé. Y las creaciones donde no caía una hoja sin mi voluntad me resultaron juguetes estúpidos, aburridos; también fueron abandonadas.
Su rostro severo no se digna alterarse. No me teme; yo a él sí. Su silencio lo protege el único atisbo de miedo que aún le queda al emperador absoluto del Universo.
-Todo lo veo, y vi que estaba solo. Recreé a todos los seres que una vez creí haber amado. Tal como eran, tal como me gustaría que hubieran sido, con un millón de pequeñas variaciones. A la larga (y he tenido toda la eternidad), seguí igual de solo e infeliz, no era lo que necesitaba.
-"Todo lo puedo, todo lo sé. Pero no puedo incrementar mi conocimiento ni mi saber. Lo único que no puedo hacer es crear un ser superior a mí, que me proteja, que me juzgue, que me castigue, que me acoja. Y necesito uno tan desesperadamente.
-"Y entonces te recordé, ese recuerdo casi perdido de mi infancia, de cuando acompañaba a mi padre a la gasolinera, y él entraba en aquel local a tomarse unas cervezas y me dejaba por allí afuera, y me prohibía que entrara. Y tú estabas en la puerta, con tu fea y seria cara de madera, y me parecía creer que si obedecía a mi padre y no intentaba entrar en aquel mundo misterioso de cerveza fría, de música alta y de mujeres que fumaban, no era por miedo a él, aunque me pegaba, sino por miedo a ti, y a tu misterio inmóvil.
-"Tú guardabas la puerta de todos los secretos del mundo; un indio de madera que anunciaba cigarros que sólo podían comprar los mayores. Cuando padre se fue y no volvió nunca, las primeras veces que pasaba delante tuya me preguntaba si él estaría dentro, y si tú me dejarías pasar. O a dónde habría ido, y si tú podrías decírmelo. Nunca me lo dijiste, como me quedé sin saber tantas cosas, y al final te acabé enterrando entre las otras penas olvidadas.
-"Y ahora estamos sólo tú y yo en este mundo desolado. La única figura a la que temo, una que no teme ni al mismo Dios, a la que no puedo sobornar ni amedrentar. Una estatua silenciosa a la que pido perdón, de la que espero una respuesta, que me hace compañía, a la que he hecho mi confidente. No sé por qué hago esto, pero sin duda es porque así lo quiero.
-"La parte de mí que no conozco también lo puede todo. Durante todo el tiempo que haga falta te hablaré y te confesaré mi crimen. Tengo todo el tiempo, aprenderé a tener paciencia. Mejoraré, me endureceré en el proceso. No sé con certeza si alguna vez romperás tu silencio, si tus ojos de madera polvorienta que miran hacia un lugar al que no puedo ir volverán alguna vez su vista a mi cara.
-"Si algún día hablas, no sé qué me dirás. Pero si sé que en ese momento tendré una señal de que el único Dios que existe, que soy yo, me ha perdonado.
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Es la hora de los madrugadores, y de los últimos juerguistas. Leo una novela olvidada en un asiento. Las luces interiores se atenúan. Amanece.
Ella suele subir en esta parada. Hoy no ha venido. El tren discurre sobre las azoteas de la ciudad dormitorio. El sol mañanero recorta su silueta sobre las fachadas de las viviendas. Una sombra que no hace ruido. Una mirada errante que se detiene en las paredes de ladrillo y no penetra en los interiores. Un viajero que pasa de largo mientras lee un libro perdido. Un paisaje diminuto cuyos detalles se pierden por la altura.
La línea circular atraviesa después por los cortados. Una obra espectacular de ingeniería. Hasta cien metros de altura en el viaducto. Escasas retenciones en la circunvalación.
Caigo en la cuenta de que es domingo. Las ciudades dormitorio duermen. Un tren de cercanías vacío de trabajadores. Una intermodal silenciosa. Un centro de la ciudad abandonado.
Las ranuras de crédito no funcionan en la estación siguiente. Aprovecho el agua caliente del lavabo de pago. Tengo cuidado de no traspasar los tornos de salida. Son cosas que se aprenden con los años.
Truco con cuidado una máquina de café especialmente sencilla. Si la averío la cambiarán; si me excedo en el consumo, tal vez también. Es un modelo antiguo: aún tiene receptáculo de monedas. Vacío, como es lógico. Y de nada servirían las que encontrara; tal vez para trocarlas con un niño por unos caramelos.
Todo funciona por chip de pago, y sólo los ancianos usan aún tarjeta de crédito. Los viajeros pasan por los tornos sin hacer un gesto, y el viaje se registra en sus cuentas de banco. Los bocadillos se expeden con una simple orden oral. Se pagan por chip incorporado hasta las multas de los radares de las autopistas.
No tengo chip incorporado que pague mis viajes. No tendría un lugar a dónde ir allí abajo. Doy vueltas día y noche en el ferrocarril elevado. Me lavo en los servicios y como bocadillos. Mi nieta me hace la colada, pero hoy la esperé en vano en su parada. Y me preocupo por ella: ya no es joven y no ve a sus hijos. Cuida un gato viejo y ciego en su domicilio; y le lava la ropa al fantasma del bisabuelo, a la
leyenda familiar que se quedó en un limbo más allá de la tierra por un problema informático.
Y pienso en el paso de los años, y en cómo pasan las modas de las ropas, y en cómo veo envejecer a los viajeros habituales. El joven que volvía achispado un sábado de madrugada lleva poco después a su hijo al planetario. Poco después el hijo vuelve de madrugada. Mi nieta es una anciana que vive con su gato y sus fantasmas. Y en el espejo del lavabo de la estación, mi cara no muestra arrugas que cambien su
expresión solitaria. Porque hasta la muerte hoy en día necesita localizarte por un chip. Y el mío no funciona.
Leo libros olvidados en los asientos, y escribo mi vida entre sus márgenes, y los dejo de nuevo seguir su camino, como una botella arrojada al mar por un náufrago, como una plegaria que se aleja mientras veo partir el ferrocarril elevado.
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Cuando el caminante canta en la oscuridad desmiente su estado de angustia, mas no por ello ve más claro.
Sigmund Freud.
La Caja de Muertos (Deadbox) es un juego infantil que se juega con chapas de botella sobre un itinerario rectangular dibujado con tiza. En el centro de este rectángulo se traza otro más pequeño en el que se dibuja una calavera con dos huesos cruzados.Si una chapa cae en el recuadro central -la caja de muertos- su dueño queda eliminado o tiene que volver a empezar, según las reglas preestablecidas, lo que da a este juego cierta semejanza con el Juego de la Oca.

-¡Cuidado, son los PATOs!
-¡Policía Anti Terrorista Orbital! ¡Soy el comandante Hjälte! ¡Que
nadie se mueva! ¡Tirad las armas!
-Tranquilo, ya está, ya está. Que somos unos mandados, hombre.
-Mandados del hombre más peligroso del Universo. ¿Dónde está el
Doctor Blådåre?
-Ni idea. Me dijo que si venías por aquí te diera esta caja.
-¡Quieto! ¡Como intentes abrirla te frío!
-Se activa con tu voz, según me dijo, así que en cualquier momento
hará lo que tenga que hacer...
-"Saludos, Comandante Hjälte. Dispuse que esta caja se activara ante
tu voz porque sabía que no podrías estar ausente en tu momento de
triunfo. Has ganado, lo reconozco. Has frustrado todos mis planes, has
batido y descubierto todos mis escondrijos. Celebra tu triunfo, pero
lamento comunicarte que no podrás llevarme encadenado a tu carro,
porque cuando estés oyendo esta grabación, habré dejado de existir.
"Pero si he eludido el papel de trofeo en tu carroza triunfal, me
he reservado a cambio otro no menos importante: el del que te repetirá
continuamente desde tus espaldas que recuerdes que eres un mortal, y
que de eso no te libran ni tus poderes mentales, ni tus rayos
energosomáticos, ni tu casi completa invulnerabilidad a toda arma conocida. Mi
cerebro conservado y parcialmente operativo muere poco a poco dentro de
esta caja, Hjälte, y sus últimos destellos de pensamiento organizado
se dedican, en exclusiva, al problema de la otra vida.
"Voy a analizar las experiencias cercanas a la muerte que vive todo
cerebro en este trance. Gracias a mi insuperada capacidad intelectual y
a ciertas ayudas cibernéticas que he desarrollado e instalado en esta
caja, estoy más que razonablemente seguro de que podré llegar a
conclusiones definitivas sobre la existencia de una vida después de la
muerte por medio de un análisis presencial de esas experiencias.
"El problema científico más apasionante nunca resuelto, y cuyos
resultados guardaré para mí. Eso sí, dependiendo de la conclusión a
la que llegue la última chispa de mi conciencia agonizante, se
activará un relé interno de esta caja en un sentido u otro, y, según
cómo se active, esta caja implosionará inofensivamente en una
ausencia cuántica, o explosionará su munición de materia-antimateria
con una potencia de diez gigatoneladas, con lo que no quedará ni el
plasma de esta caja, de la estación orbital en la que nos encontramos,
ni de ti mismo pese a tu proverbial invulnerabilidad. Otro sensor
vigila si activas la supervelocidad y detonará para impedir tu fuga,
por lo que te ruego que no frustres mi experimiento supremo, cuyo
resultado tal vez arroje mejores consecuencias para ti que una muerte
segura.
"Adiós, superhombre. Perdóname todo el daño que te hice, como
yo casi te perdono a ti. No soy exactamente un hombre rencoroso, y no
te deseo ningún mal. Pero toda la vida que te queda, que puede ser de
décadas o de unos pocos segundos, vivirás bajo el peso de mi último
triunfo: tú, que te liberaste de ser mi conejillo de indias apenas te
hube creado, vuelves a ser un sujeto de mis experimentos. Yo estoy
dentro de una caja, y tú estás fuera. Pero mientras yo conozco mi
estado actual con toda certeza, el que no sabe si está vivo o está
muerto eres tú.
"Me reitero en que no sabrás, si sobrevives a este experimento,
cuál de las dos posibilidades en cuanto a la vida después de la
muerte activa la bomba o te salva la vida. Es un problema que resuelvo
sólo para mí, y ya te llegará el turno de conocerlo. Pero si ese
turno tarda mucho en llegar, oh, superhombre Hjälte, poderoso e
invencible, nunca, en todos tus años, olvides el miedo que estás
pasando ahora, ni dejes de oir la voz de esta caja, la voz de un hombre
muerto que te recuerda que tú también eres mortal.
Etiquetas: Canciones de viaje
Desde la atalaya al borde del abismo veo caer cascadas de agua al
infinito; con ella caen algas flotantes y restos de naufragios, y
bancos completos de diminutos peces plateados arrastrados por la
corriente imparable. Tan inmensas son las proporciones del marco
apocalíptico, de esta barahúnda interminable de un océano que se
vacía, de un mundo que se extingue, que tardo un rato en darme cuenta
de que los diminutos peces plateados que veo caer son manadas completas
de delfines, tal vez los mismos delfines que han sido mis compañeros y
heraldos en el viaje en el que he empleado toda mi vida, desde las
tranquilas aguas del mar interior, desde el cual el Confín del Mundo
sólo parecía un mito del que muchos discrepaban.
No es sólo el agua lo que ha perdido la virtud que le evitaba
desplomarse al abismo. Desde mi punto de observación veo desgajarse
poco a poco las rocas de esta peña. Dice el Viejo de la Montaña que
es también un fenómeno reciente, y que sin él y las nuevas
corrientes que se han generado, tal vez no hubiera podido llegar con mi
barco hasta este Confín, el primer hombre en tanto tiempo que ni
siquiera un inmortal como el Viejo recuerda la última vez con certeza.
En todo caso, sin duda no habra un nuevo peregrino. La cascada se ha
desatado de repente, y los mares y las tierras se van perdiendo por el
abismo. Según el Viejo recuerda, estaba predicho que ocurriría, pero
si esto señala el Fin del Mundo o sólo un gran cambio, en el que
el Universo adopte una nueva forma y nuevos dioses sucedan a los
antiguos, él no lo sabe.
Una nueva pregunta sin respuesta para mí, que llegué aquí buscando
ese ser inmortal de la leyenda que lo sabía todo, y gracias al cual un
hombre mortal podía conocer las respuestas a todas sus preguntas sin
morir. La leyenda se equivocaba; el Viejo existe, pero si alguna vez lo
supo todo, ha estado solo demasiado tiempo como para recordarlo. Me ha
recibido bien, pero no puede responderme, y sigo sin saber dónde van
los mortales cuando mueren, si los dioses crearon el Universo, con que
propósito los hombres existimos, o ni siquiera si es cierto que en el
centro de todo el disco de la Tierra, en el norte absoluto, existe una
isla gigantesca de Piedra Imán, y por eso las agujas señalan en esa
dirección.
Y pronto ni siquiera podrá hacerme compañía: se niega a salir de su
morada en el borde de la Montaña que da al abismo, que calculamos que
se desmoronará en breve. Ése es el orden de las cosas, y su destino,
dice, y hasta un inmortal debe morir. ¿Dónde irá entonces? Dice que
no lo sabe.
Yo no me quedaré aquí, y no es miedo. Remontaré, si puedo, la
corriente, y desharé el camino de todos estos años. Pero no me
demoraré cuando llegue a las Columnas del Mar Interior, ni perturbaré
a mis compatriotas con avisos de un final inevitable. Si tengo suerte y
sobrevivo otra vez a todos los peligros, seré el primer mortal que
arribe a las costas de la Isla Imán en el Norte Absoluto, y desde
allí presenciaré el último acto del final del Mundo, cuando hasta
allí llegue la última ruina, que ya ha comenzado por los bordes.
Dirán que es inútil tanto luchar por demorar una muerte cierta; pero
no lo hago por eso. Llegué hasta donde nadie antes buscando
respuestas. Tal vez si permanezco hasta el final me sea dado ver un
atisbo de lo que vendrá después, de si tras esto hay una Nada
absoluta o recomenzará un nuevo Mundo, más perfecto. Esa es otra
pregunta que me inquieta, y por responderla emplearé los años que me
quedan. Porque los místicos dicen que la Vida es una pregunta, y la
Muerte la respuesta. Pero hay un Fin más absoluto que la muerte, una
nada que aborrezco hasta la náusea y que no puedo concebir.
Etiquetas: Canciones de viaje
Hay otros mundos pero están en éste.
Paul Eluard.
En el día de hoy, una de las iglesias de Tlön sostiene platónicamente que tal dolor, que tal matiz verdoso del amarillo, que tal temperatura, que tal sonido, son la única realidad. Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare.
Jorge Luis Borges.
Es gracioso que la iluminación me llegara la misma mañana en la que Elisha me llamó exultante. El experimento había funcionado, y se iba a pasar por mi casa de camino a la oficina de patentes para enseñarme el prototipo. Un dispositivo sencillísimo que cambiaría el mundo como nada antes de la máquina de vapor, o tal vez la imprenta, y que sin duda, decía él, nos reportaría una fortuna mucho mayor a nosotros que a los inventores de aquellos ingenios.
-Mira, aquí está el emisor y aquí el receptor. Como es lógico, no se puede medir la diferencia entre ellos y un sistema de ondas de radio ordinario sin instrumentos muy delicados, pero te aseguro que lo he verificado en el laboratorio hasta la extenuación, lo mejor que se puede comprobar sin gastarte una pequeña fortuna en colocar uno de ellos en el espacio profundo. Hasta facturé uno de ellos en avión a las antípodas, y no hay duda: hasta el límite de error que pueden abarcar los instrumentos, el lapso de tiempo entre que el mensaje se emite y éste llega al receptor es exactamente cero. Cero, coma cero, cero, cero, todos los ceros que quieras. Y nuestras cuentas bancarias tendrán casi tantos ceros como esos, porque te voy a adjudicar un porcentaje del negocio. Hay suficiente para los dos.
-Eres muy amable, Elisha. Gracias, de verdad. Es emocionante. Comunicaciones más rápidas que la luz. Una revolución en la Física, desde luego. Por cierto, que luego te cuento las conclusiones teóricas definitivas a las que he llegado: abren la puerta a campos teóricos inimaginables, a dar trabajo a la comunidad científica en pleno durante el próximo siglo. Y desde luego, nos vamos a hacer famosos mundialmente: yo, como el creador de la teoría, y tú como su primer comprobador experimental. Porque eso han hecho estos aparatos, comprobar plenamente la teoría. Pero no veo muy claro que nos vayamos a hacer ricos, Elisha, no te hagas ilusiones. ¿Para qué pueden servir las comunicaciones más rápidas que la luz, al menos a medio plazo? Cuando haya un tipo en Marte, sin duda le será muy cómodo no tener que esperar veinte minutos para poder hablar con la Tierra, y ya está.
-Exacto, tú lo has dicho. Comunicaciones con el espacio en tiempo real. Podremos reconocer todo el sistema solar con instrumentos que no necesitarán ser mucho más complicados ni mucho más inteligentes que un avión de radiocontrol. Ni más caros de fabricar, ni más pesados. Lanzar miles de millones de micro-robots controlados desde tierra, de cuatro perras y unos gramos de peso, para tareas científicas y comerciales, para explotación minera, para la construcción de infraestructuras espaciales como estaciones orbitales y bases lunares, todo sin gastar ni un chavo en elevar toneladas de material desde la Tierra a la órbita: todas esas cosas con las que llevamos soñando décadas y que hasta ahora eran antieconómicas. Y estos robots serán tan inteligentes como se quiera, al contrario de lo que hasta ahora esperábamos de la nanotecnología.
"¿Tú sabes lo que encarece la exploración espacial la necesidad de proteger la vida de los astronautas hasta más allá de cualquier riesgo previsible? Y aún así, muere gente, pero es la única forma de realizar determinadas actividades para las que los robots no son lo bastante fiables, ni lo bastante flexibles. Y tal vez no lo sean nunca, porque la Inteligencia Artificial parece haber llegado a un callejón sin salida, al menos hasta ahora, claro. Porque estoy seguro de que la disponibilidad ubicua de sensores remotos mejorará las posibilidades en ese aspecto. Y, además, ahora no habrá límites prácticos a la velocidad de proceso, gracias a un efecto colateral de estos sistemas en el que no habías caído...
-Sí, no me lo digas: que las emisiones no ocupan ancho de banda, ni disipan energía.
-¡Vaya! Pues sí lo sabías. Pues sí, al menos no disipan una cantidad apreciable. Pero no sé por qué, ha sido una observación accidental.
- En teoría, la pérdida de energía es también cero. No lo sabía la última vez que hablamos, pero como ya te he dicho, este misma mañana, justo antes de que me llamaras, todos los detalles encajaron en un sistema de ideas perfecto, sencillísimo, tan evidente para mí ahora que me pregunto cómo no he podido verlo antes, como esos experimentos en los que los trazos de un dibujo forman una cara y su percepción llega de una forma tan súbita que te sobresalta. He pulido los últimos detalles matemáticos en menos de una hora, y ahora todo está claro. Un efecto colateral de la naturaleza de los espacios implicados. Si quieres te lo explico de una forma resumida.
-Explícamelo de camino a la oficina de patentes, si quieres acompañarme. ¿Te das cuenta de que ese efecto colateral es aún más importante que lo de la transimisón instantánea? Mecachis, vivimos en una sociedad que se nutre tanto de información como de energía, y aquí hemos resuelto los problemas de colapso de tráfico tanto de una como de otra de un plumazo. Pronto la tecnología de superconductores en la que se han hecho tan masivas inversiones estará tan superada y se tendrá tanta necesidad de ella como del arte del tallado del sílex. Y no te digo de los avances en informática, con un número infinito de procesadores en red, etcétera. Y dado que ninguna barrera material puede interferir la señal, los satélites de comunicaciones dejarán de ser necesarios, lo mismo que las antenas de telefonía, etc. Y además, sin problemas de ancho de banda, asignación de frecuencias, etcétera.
"Y habrá mil otras cosas que ni se me ocurren. Preveo que el mundo va a cambiar más en los próximos veinte años que en los seis mil anteriores, y no estoy exagerando. He hecho un cálculo a grosso modo de en cuánto dinero se puede traducir esto, y es posible que nuestra patente nos reporte unos ingresos equivalentes al uno por ciento del P.I.B. mundial. Y Dios sabe cuál será el P.I.B. mundial en el nuevo mundo que estamos abriendo.
"¡Y tú sólo te preocupas del reconocimiento académico!. ¡Ja!. Quédatelo para ti solo, pero no te preocupes, que estoy dispuesto a ir a partes iguales contigo en todo lo demás. ¿Vienes conmigo o te quedas aquí?
Le hice esperar casi una hora, mientras ponía en limpio mi trabajo para enseñarlo a un par de colegas del Campus, al que quedó en llevarme después de haber cumplimentado la patente. Nos subimos en su coche, y mientras él conducía, yo me entretuve en inspeccionar sus planos y a jugar un poco con aquellos aparatos, una versión tosca de un teléfono móvil sin altavoces, sólo con la pantalla, en la que se mostraban los mensajes emitidos y recibidos.
-Es impresionate pensar que esas líneas de texto tan parecidas a un SMS han tardado en recorrer estos treinta centímetors que distan de un aparato a otro, no unos microsegundos, sino absolutamente nada ¿Verdad?- le dije, con un aparato en cada mano. El tráfico era denso a aquella hora, y había tiempo conversar entre retención y retención.
-Sí, desde luego. Y que en esos treinta cetímetros la pérdida de energía sea nula, en vez de despreciable, y que eso suponga tantísimo dinero. Pero todavía no me has explicado los últimos detalles teóricos. Yo he estado trabajando todo el tiempo sobre tu primera hipótesis, ya sabes, que la señal viajaba por uno, o por más, universos paralelos, durante todo el tiempo necesario para alcanzar el receptor, antes de reaparacer, como si dijéramos, en nuestro universo, en el orificio de salida diseñado para ello. El trayecto sería aparentemente instantáneo debido a que en algunos de esos universos la velocidad de la luz sería infinita, o tal vez el tiempo transcurriría a un ritmo, o en una dirección, completamente distintos a los de nuestro Universo. La última vez no tenías muy clara la respuesta, pero desde luego, ninguna de ellas explica el problema del gasto nulo de energía.
-Exacto. La solución era mucho más simple. No hay un número arbitrariamente grande de universos, sólo uno, al que he decidido llamar el Universo Fantasma. Lo llamo así porque, al contrario de lo que pensaba de los "Universos paralelos", no es un Universo con una existencia real, con su propia fenomenología interna. Es sólo un artificio de trabajo que permite normalizar totalmente las ecuaciones. Este Universo tiene una existencia virtual, pero una completa coherencia casuística.
"Con esto quiero decir que no existe, aunque puede influir en el nuestro en momentos muy determinados, y sólo a efectos prácticos, pero aunque no exista, no por eso puede adoptar cualquier configuración arbitraria. No. El Universo Fantasma es, tiene que ser, forzosamente, exactamente igual al nuestro.
"Olvídate de ese juego de Multiuniversos cuánticos, en el que hay una miríada de Universos coexistentes que sólo se diferencian del nuestro en el distinto desenlace de una incertidumbre, y en uno tú llevas un jersey de otro color, y en otro yo conduzco el cohce, y tal y tal. Los dos universos son exactamente iguales, hasta el último detalle, sin que ninguno de ellos pueda modificar al otro sin modificarse a sí mismo en la misma medida.
-Bueno, y entonces, ¿por qué no simplificas y dices que hay un único Universo?
-Porque sí hay una divergencia entre los respectivos marcos de referencia espacial. Simplificando, aunque el Universo Fantasma está aquí, junto al nuestro, y en él hay un Elisha exactamente igual que tú, y un receptor exactamente igual que éste, etcétera, es teóricamente imposible saber dónde están el Elisha fantasma, el receptor fantasma, el coche fanstasma, en un momento dado. A efectos prácticos, están en todas partes, así que, aunque entre ellos conserven su marco de referencia espacial, y Elisha esté dentro del coche, y los aparatos también, etcétera, en lo que a nosotros respecta, su emisor fantasma podría comunicarse con un receptor situado en nuestro Universo, pero a mil millones de años luz de aquí, de forma instantánea, porque estarían situados en un mismo punto.
-Bueno, es maravilloso, pero me temo que con ese resumen no lo he comprendido del todo, porque sigo sin entender porque no lo reduces a un solo Universo, donde , digamos, todo puede suceder...
-Bueno, las ecuaciones permiten algo así, porque aunque tiene que haber un Universo Real y un Fantasma, la otra solución posible es que el Universo es su propio Fantasma. Pero esa solución me repugnaba estéticamente, por así decirlo. Por otra parte, tu ya la has refutado empíricamente, sin saberlo, porque tendría efectos más amplios de los que hemos observado y sobre los que tú has basado este invento. En tu sistema sólo se pueden recibir los mensajes enviados por un emisor previamente "sintonizado" por medio de unas reglas simples de conmutación de fase geométrica: no es una precaución contra las interfernecias, sino una limitación inherente a la teoría.
-Sí. Y lo que nos permitirá un ancho de banda infinito. Aunque eso nos dará ciertos problemas prácticos para su implantación masiva, no es tan grave, aparte de otras aplicaciones que le veo como protección del copyright, lucha contra la piratería, seguridad... ¿Y qué ocurriría si estuviéramos, por así decirlo, en el Universo fantasma?
-Bueno, si así fuera, todos los mensajes emitidos podrían ser recibidos por todos los receptores, en cualquier lugar y en cualquier momento. Las comunicaciones serían imposibles, todo ruido y punto.
-No creas, habría modos de soslayar eso. Encriptación de fase, emitir los bits en pulsos irregulares predeterminados, y que el receptor estuviera sincronizado con ellos. Más simple y más barato, incluso. Acarrearía limitaciones a la larga, pero todo se solucionaría. Por cierto, que no se me ha ocurrido comprobar si funcionaría un aparato de esa manera, así que no puedes decir que sea una teoría refutada.
-Bueno, si quieres hazlo cuando vuelvas a casa, pero piensa que si eso fuera cierto, es muy probable que ocurrieran interferencias de otro tipo, que no se han observado. Llevamos muchas décadas desenmascarando telépatas, brujos, adivinos y cosas así para que creamos que eso es cierto, por ejemplo. Y en este caso, las, digamos, "interferencias de pensamiento" no serían una cosa que le pasa a un chalado de vez en cuando, sino algo relativamente común. Y habría todo tipo de pseudocoincidencias extrañas que estadísticamente podría acabar demostrándose que no eran mera casualidad. Y estarás de acuerdo conmigo que eso sí que no ocurre.
Cuando llegamos a la Oficina de Patentes otro tipo había patentado aquel mismo invento, en aquella misma oficina, veinte minutos antes. Fue duro para Elisha, que pleiteó durante muchos años, hasta arruinarse. No podía ganar en los tribunales, ni en la opinión pública, contra los recursos de un enemigo que era dueño del uno por ciento de P.I.B. mundial. Se amargó la vida, y acabamos perdiendo el contacto.
A mí no me fue tan mal. Se me concedió el crédito por la Teoría de la Desubicación, como ahora se la llama. Ya había publicado algunas aproximaciones preliminares, y aquel tipo no me discutió la preeminencia: se conformó con lo que tenía. Ahora soy, sin lugar a dudas, el físico y matemático más importante del siglo, puede que de la historia.
Y el más rico también. En uno de los muchos pleitos en los que Elisha se estrelló contra aquella pared inamovible, testifiqué en su contra. No me quedaba más remedio, pero estaba obligado a exponer lo que era una pura verdad: que desde un punto de vista teórico, si nuestro Universo es su propio Fantasma, en caso de interferencias mentales, es imposible demostrar cuál es el emisor y cuál es el receptor, y que para establecer una certeza sólo podía uno basarse en los referentes externos. Mi referente externo es que había publicado trabajos preliminares. El referente externo del hombre que se quedó la patente es que él la había presentado, y que en algunos aspectos, como el de la interferencia, era más adecuada a la teoría que la de Elisha. Elisha había trabajado en aquella idea sólo unos meses, y siguiendo mis indicaciones. El tribunal estableció que, en caso de interferencia mental, ésta sólo se habría dado entre el tipo de la patente y yo. Fuimos mitad y mitad, y Elisha quedó fuera.
Nunca me lo perdonó. Si yo no lo hubiera entretenido aquella mañana, habría llegado el primero a la Oficina. Si no le hubiera dado una idea equivocada de las interferencias, habría podido captar los mensajes de prueba que el otro mandaba al mismo tiempo, y hubiera estado sobre aviso. Mi testimonio en el juicio fue la última gota en nuestra relación, y temo que en su cordura.
Nadie sabe su paradero actual. De vez en cuando, me envía por correo unos paquetes bomba sumamente ingeniosos: es un genio en el terreno práctico, nadie se lo niega. pero en mi posición actual, tengo medios de sobra para protegerme, y últimamente ha renunciado a llegar hasta mí y se desahoga poniendo bombas en las sucursales de nuestras empresas.
Manda largos correos a los medios contando sus penas, pero ni en sus diatribas más delirantes contra mí sospecha la verdad: que aquella mañana yo lo entretuve a propósito, que aquel hombre me concedió la mitad del pastel porque actuó en todo momento siguiendo mis instrucciones y una confesión suya que yo guardaba a buen recaudo me cubría las espaldas; que desde que tuve lo que yo llamo "la iluminación" tuve por evidente que mi trabajo era demasiado importante para conformarme con un pequeño porcentaje.
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-Definitivamente, hay un impostor entre nosotros. Lo que es peor: es
también un asesino.
Los siete restantes supervivientes asintieron sombriamente, sin trazas de sorpresa. Todos habían llegado a la misma conclusión. Trodart, el especialista en óptica gravítica, siguió hablando.
-Hay algo peor. Kossuth estaba muy cerca de descubirlo. Antes de morir, pudo aporrear la puerta de la esclusa en código morse. He revisado los registros de los sensores de microimpactos en el casco, y filtrando por Fourier el ruido de fondo, he logrado hacerme una idea de su mensaje. Nuestro enemigo es un telepasivo.
Una exclamación de sorpresa y horror surgió del grupo. Había habido rumores de que una rebelión contra los estamentos especializados se incubaba en las ciudades dormitorio. Pero concentrados en su trabajo, aquellos miembros de la subclase tecnocientífica nunca habían pensado que un día ese conflicto pudiera afectarle a ellos. Rebeldes, agitadores, infiltrados, guerra, política, opresión. Eso era cosa de
los estamentos demagógicos, de los intercomunicativos, de los de seguridad. ¡Que aquella basura indolente de clases medias telepasivas se revolviera contra esas clases que les despreciaban, no contra ellos!.
-Si es cierto lo que dices - repuso Arara, el ambientalista -supongo que quiere apoderarse de la nave, de su núcleo de antimateria y de su tecnología experimental de intervención de comunicaciones, matándonos a todos uno por uno. Pero no podría ocultarse mucho tiempo: su falta de conocimientos especializados en la tarea que tenga asignada lo delatará.
-¿Seguro, Arara? ¿Y quién puede evaluar aquí la falta de conocimientos de otro a dos semanas de retardo de comunicaciones con la Tierra? ¿Qué sabes tú de óptica gravítica? ¿Y de psicología sexoconvivencial, la materia de Kossuth? Somos especialistas, no lo olvidemos. Toda nuestra vida desde que nos dieron los resultados del test de perfil, a los cinco años, dedicada a una parcela de conocimiento, apartados de lo que no fuera imprescindible. Cualquier telepasivo suficientemente listo sabe de cualquier materia que no sea la nuestra más que nosotros. Y no habrán asignado a esta misión a uno torpe.
-Sí estamos todos cualificados para el estudio de registros de uso de ordenador. Si uno de los especialistas utiliza demasiado apoyo de los sistemas expertos para cumplir sus tareas, es porque no sabe desenvolverse solo: ahí lo cazaremos.
-Kossuth ya pensó en ello. Ya te he dicho que andaba muy cerca de cazarlo, lástima que haya sido el segundo en morir. Su especialidad psicológica le obligaba a tener una cierta idea de todas nuestras disciplinas; era el menos especializado de nosotros, y el más capacitado para esta investigación. Y en cuanto a los registros de
sistemas expertos, no encontró una diferencia significativa entre los perfiles de cada uno. Y ahora me doy cuenta de por qué. ¡Je, y yo creía que sólo me pasaba a mí!:
"Mira, Arara. Los últimos descubrimientos en cada una de nuestras especialidades llegan mucho más rápido de lo que los especialistas podemos asimilarlos; en cambio, un sistema experto se puede actualizar constantemente. El resultado es que ninguno de nosotros a duras penas sabe lo que hace cuando desempeñamos nuestras tareas, y utilizamos asistencia informática constantemente. Tampoco somos especialistas de investigación punta, admitámoslo.
-¿Qué podemos hacer entonces? Digas lo que digas, opino que tarde o temprano debe cometer un error evidente. Cualquier cosa que haga o diga que lo delate como no especializado, lo bastante básica como para que los otros podamos detectarla. Tal vez incluso ha cometido errores ya, pero nos han pasado desapercibidos. A partir de ahora estaremos alerta. Y haremos lo posible por sobrevivir hasta que la Tierra reaccione y nos envíe un test de capacitación profesional para cada uno: la prueba
definitiva.
-Un mes hasta entonces. Y hasta que lleguen los resultados, otro mes. Vamos a pasarlo mal.
-Sería sólo un mes. En vez de mandar un simple test, mandarán una actualización del sistema operativo de la nave, con un sistema experto que pueda evaluar por sí mismo los resultados y tomar el control de los sistemas para inmovilizar o ejecutar al impostor. Incluso podría ser capaz de interrogarlo adecuadamente.
Aquella voz era la de Mirna, la técnico de sistemas informáticos. Arara y Trodart se quedaron mirándola. Trodart siguió llevando la voz cantante.
-Un mes sólo. Bien. La verdad es que no tenía ni idea de que los sistemas expertos pudieran llegar a asumir tareas de control sobre personas; no debía haberme extrañado. Una muestra más de los pocos conocimientos que tenemos en común los unos con los otros. Mirna, creo que debemos considerarte fuera de toda sospecha. Has demostrado conocimientos en tu parcela inaccesibles a un telepasivo. Así que
vamos a poner este asunto en tus manos. ¿Puedes diseñar un sistema experto que haga un test de capacitación personal como el que nos mandarán seguramente desde la Tierra?
-Sí, si alguien me diera las bases de datos de conocimientos específicos sobre las que basar los baremos.
-O sea, que no, dado que los únicos que podrían hacerlo son los mismos
sospechosos.
-Exacto. - asintió Mirna tristemente- Otra solución sería poner toda
la nave bajo control de un sistema de seguridad inteligente. Nadie podría moverse sin ser registrado continuamente, y nuestras vidas estarían razonablemente seguras hasta que la Tierra tomara cartas en el asunto.
-¿Por qué no lo has hecho ya?
-No puedo hacerlo sin las claves de autorización del especialista de seguridad y control. Y Dobermann fue el primero en morir.
-Sí, joder. Nuestro telepasivo sabe lo que se hace. La única forma de
descubrirlo va a ser vigilarnos mucho los unos a los otros e investigar cualquier comentario sospechoso, cualquier actividad que pudiera implicar un conocimiento distinto a las parcelas asignadas.
-Lo que nos lleva a ti, Trodart- dijo súbitamente Arara.
-¿Qué quieres decir?
-Que te has postulado sin consultarlo con nadie como el sucesor de Kossuth en la investigación de este asunto; y ésa es una tarea que te coloca en una posición en la que te sería más fácil resguardarte de una investigación en el caso de que fueras el impostor.
-Las circunstancias nos obligan a sospechar, así que no puedo ofenderme por lo que dices. Pero alguien tiene que desempeñar ese cometido, y es absurdo insinuar que sólo eso sea una prueba de culpabilidad.
-No es sólo eso. Algunos de los conocimientos que has aplicado durante el análisis de las pruebas no parecen corresponder a tu especialidad. Como bien has dicho, debemos estar atentos a cualquier indicio de que uno de nosotros tiene conocimientos que no le corresponden. Tomé la precaución de grabar esta reunión, y.. mmm, perdona que consulte con mi perso, has hecho alusiones que creo que no corresponden a un óptico. ¿Qué es ese Fourier que has dicho antes?
-Es un buen intento, Arara. Te felicito. Pero es una técnica matemática que entra dentro de los conocimientos básicos de mi especialidad, y en la de unos cuantos especialistas más. Sólo tenéis que examinar mis registros curriculares y ver si alguna vez se me ha impartido esa enseñanza.
-He accedido por sublim a los registros de instrucción de óptica- interrumpió Mirna- Su diseño curricular concuerda. De todas formas, a ti puede que te pareciera extraño, Arara, porque supongo que un ambientalista no recibe mucha instrucción matemática, pero casi todos los presentes conocen esa herramienta.
-Je, yo ni siquiera sabía que existía- sonrió Arara - Pero creo que éste es el camino que debemos seguir, por mucho que nos obligue a la sospecha continua.
-Si y no.- Trodart volvió a tomar la palabra- También debemos estar atentos a quien presente lagunas en los conocimientos, no sólo a los excesos. Al fin y al cabo, un miembro de una clase inferior cuyas únicas labores son atender la televisión, consumir lo que por ella se le propone y mostrarse sumiso en las elecciones periódicas es más que probable que presente lagunas, fallos de expresión, sutiles diferencias en su manera de hablar, por listo que sea, y no porque presente,
digamos, "exceso de interdisciplinariedad".
Y hemos de tener mucho cuidado para que el asesino no pueda quedarse solo ni un segundo, ni acompañado de un solo compañero a quien pueda eliminar por sorpresa. Quedamos ocho. Nunca debe formarse un grupo inferior a tres. Se interrumpen todas las tareas asignadas, salvo las imprescindibles de mantenimiento. De momento, tres en la sala de mando; otro grupo de tres a descansar, y alguien que venga conmigo a rescatar
el cuerpo de Kossuth de la esclusa. Como sólo seremos dos, que el grupo de la sala de Mando nos monitorice continuamente. ¿Quién viene conmigo?
-Yo voy- dijo Arara- Kossuth siempre fue muy atento conmigo; ya sólo puedo hacer eso por él.- se pusieron en pie y se dirigieron hacia el ascensor- Por cierto, Trodart, todavía no nos has contado como murió.
-Como era de esperar, dado que lo encontré en la esclusa de salidas extravehiculares. Supongo que alguien lo encerró allí por sorpresa y saboteó los controles para que no pudiera salir. Nadie lo oyó, y allí estuvo quién sabe cuánto tiempo hasta que las sondas periféricas trajeron las muestras de polvo cometario y la esclusa se abrió. Hasta entonces, estuvo aporreando en morse como un loco. Tal
vez conocía la identidad de su asesino, pero no he podido extraer de entre el ruido de fondo más que una palabra: "telepasivo".
-Era un tipo valiente. Horas esperando la muerte y él luchando por ayudarnos, hasta que se asfixió. Es una muerte terrible, la anorexia.
-Perdona, Arara. Estaba sumido en mis propios pensamientos, y no te he oído.
-Digo, que es una muerte terrible, la anorexia.
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La Torre de la Fuerza Permanente.
0 Comments Published by Ignacio Egea on 28 noviembre 2004 at 11:57 p. m.. Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.
Bertold Brecht.
Se alzaba unos cien codos por encima de la llanura, intocada por el tiempo. Las ruinas esparcidas a sus pies casi hasta donde alcanzaba la vista no debían ser de la misma época: el barro cocido no dura tanto. Tal vez una ciudad en los últimos días de las naciones; o un culto posterior a los Grandes Antepasados que construían torres que llegaban hasta el cielo y conocían todos los secretos.
-¿Vas a subir también a esta? No, no hace falta que me preguntes - dijo Ysopet con su habitual buen humor- Siempre lo haces. Bueno, no me importará andar solo un rato por aquí abajo. Haré un par de bocetos para enriquecer mi libro. Pero no tardes, que al atardecer baja la temperatura y querré cena y un buen fuego.
Me despedí de él y comencé la escalada. No es malo Ysopet, tuve suerte al encontrarle. A su servicio he recorrido medio mundo estudiando antiguos restos, trepando a decenas de torres, hurgando en muchos subterráneos, todos con nombres sugerentes en las leyendas: Las cuevas de la Eternidad Suspendida, las Islas del Temible Fulgor, la Ciudad de las Estatuas Parlantes. Ruinas fastuosas algunas, muchas con datos interesantes, todas inútiles para mi búsqueda, al menos hasta ahora. Tras una hora de difícil escalada vi que esta torre no iba a ser mejor: Algunos restos de maquinaria inertes y fragmentadas, víctimas de la Invasión, o de los cazadores de reliquias. Otra peregrinación fallida.
Sentado en la plataforma superior me dejé llevar del cansancio de la escalada, y del desespero de mi misión. Ninguna solución, ningún dato, ninguna arma para invertir una derrota que todo el mundo había ya olvidado. Yo no podía cambiar eso. Nada cambiaría nunca ya. Ysopet me esperaba sobre una gran piedra plana, tal vez los restos de un altar, calentando su diminuto cuerpo de sangre fría al sol rojo del atardecer, esperando pacientemente la cena. La vena de mi cuello mal cicatrizada me escoció al acercarse la hora de mi servicio. Una vez más tuve la tentación de no volver, de lanzarme allí mismo al vacío, de privar a su raza maldita de uno de sus criados, de una de sus monturas, de una sus cabezas de ganado.
La única cabeza que sabía que había habido otros tiempos. La única que estaba dispuesta a seguir buscando la solución. Me levanté y preparé la bajada hacia el llano, hacia mi amo, y di la espalda a aquella Torre de la Fuerza Permanente diciéndome que la única fuerza de ese tipo nace de nunca, nunca, perder la esperanza.
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-Nunca he entendido por qué llaman a esto “la Cara de Marte”.- Nerea se aburría, y estaba disgustada. Podía notarlo desde lejos por su forma de echarse el jersey por los hombros y sentarse desdeñosamente sobre el capó del rover. No hacia tanto frío en esta nueva atmósfera recién fabricada.
-Fue por una foto que se tomó desde un satélite antiguo. Un juego de luces y sombras, y un poco de gestalt.- Le respondí por el walkie.- Y luego, histeria, intereses creados, superstición. Lo de siempre.-
El walkie chiporroteó por la estática. En Marte no hay todavía una Teranet global de microondas, otro signo más de atraso que a Nerea le sacaba de quicio. Al principio había accedido a acompañarme allí todo el bienio sabático por un snob y atávico sentido de la aventura: en tres meses de viaje y ocho de trabajo de campo había acabado harta de todo eso. La semana siguiente llegaba el Exprés al ecuador. Era temporada baja, y de todas formas, Marte había sido el fracaso turístico del siglo. Seguramente habría plazas libres. En ese momento tuve la certeza de que iba a abandonarme.
-Pues vaya mierda de montón de rocas amorfo. Teo, se está haciendo de noche. ¿Vas a seguir mucho tiempo ahí arriba?
-Llevó el visor nocturno, y esta noche salen las dos lunillas. Una hora más ¿vale?
-No puedo esperarte, Teo. Tengo frío, casi no llevo nada puesto. Y tengo que recoger unas cosas que encargué en Ray's- mintió, con cada vez menos convicción.
Primero su desliz con aquel tipo del que se disculpó a duras penas. Y ahora, el ir y venir a aquel centro turístico semi abandonado. Aquel centro hortera decorado a la entrada con una enorme cara de marciano con aspecto de faraón. Con cómodas habitaciones. Con un monitor de rappel microtatuado. Ésa era para ella la Cara de Marte: la de un chico sofisticado y moderno, un faraón de la nueva ola que trepaba a las torres de cinco mundos y luego dormía en microgravedad, y reía y jodía continuamente. No valía la pena luchar.
-Bueno, cielo, vete si quieres y programa el rover para que luego venga a buscarme.- Desde lo alto de la meseta la vi marcharse, levantando espesas nubes de polvo trescientos metros más abajo y clara e imprudentemente en conducción manual. Sin duda tenía prisa.
Volvería de madrugada, o al amanecer, unos pocos días más una cáscara distante antes de la partida. Pero para mí aquella fue la despedida. Hoy en día todo el mundo lo ve de otra manera; todo el mundo sabe que un matrimonio no dura para siempre. Pero habían sido cincuenta años juntos, y la mayor parte del tiempo plenamente felices, con nuestros cómodos y modestos trabajos de archiveros, nuestro apartamento casi sin conexiones, nuestro jardín. Pero el mundo cambia cada vez más deprisa, y todos cambiamos con él a mayor o menor ritmo. Simplemente, su ritmo de cambio había acabado siendo mayor que el mío. Y la plasticirugía, y el sexo terapéutico, el reiki coránico y los arreglos de A.D.N. habían acabado introduciendo una treintañera extraña en mi vida, y un fósil entrecano en la suya: un ser amargado e importuno que la estorbaba, y que ahora tendría que retomar una vida sin ella que ya ni recordaba, mientras la vejez inevitable de los no modificados se le iba acercando quien sabe si como única solución, como la única compañera perdurable.
Conecté el ampli de visión, y me concentré en mi búsqueda. Nunca hubo una civilización en Marte que esculpiera caras que miraban tristemente al cielo. Pero hace mucho tiempo hubo vida, la vida que fue nuestra antepasada, que danzó ingenua en las charcas de un mundo joven hasta que fue erradicada por el clima, por la inadaptación, por el curso inexorable del tiempo. Esta meseta de Cydonia estaba situada en una zona de transición entre las planicies que fueron una vez fondos oceánicos y el terreno continental del sur. Hace más de tres mil millones de años pudo ser un islote junto a una hermosa y tranquila playa solitaria.
Separando dos lascas de carbonato encontré por fin lo que buscaba. Un hermoso ejemplar, tal vez el mejor fósil marciano del mundo, lo que sería una gran noticia para los quinientos miembros de mi grupo de Usenet y poca gente más. Un vermiforme de simetría trilateral, con tres juegos de apéndices bucales no articulados. El amplizoom incrementó su resolución para apreciar los detalles. Dos centímetros. Un gigante para Marte. Por su ubicación y estructura, debía ser uno de los fósiles más modernos nunca encontrados, en la frontera del Apocalipsis marciano de los tres mil trescientos millones de años. Las branquias eran bien visibles. No se encontraban trazas de degeneración, de adaptación al frío y a la anoxia. Cada vez era más obvio que la muerte había llegado bruscamente, en un instante de tiempo geológico que la evolución no pudo sobrellevar, y no en una lenta y gradual decadencia y ruina. Mejor para ellos, pobrecillos.
La vista desde allí era espectacular. A la luz del atardecer, desde aquella altura, el pequeño horizonte marciano se me mostraba limpio y nítido en el nuevo aire: cada risco, cada llanura, cada cráter grande y pequeño. Me despedí de ellos con la mirada, y de las dos lucecillas en el cielo rosa púrpúreo, y me despedí también de mi pequeña adquisición. Había acariciado la posibilidad de bautizarla como Nerea Cydonica, en señal y recuerdo de lo que fue: un pequeño animalillo de cuerpo blando y ciego que nadaba inocente por unos mares hace mucho tiempo desaparecidos, hasta que el mundo cambió a su alrededor y no pudo soportarlo. Lo observé más atentamente a la luz del foco y entonces, frente a mí, vi la verdadera cara de Marte. Los apéndices bucales amorfos de otras especies marcianas anteriores habían evolucionado hacia unos ojos y una boca picuda. Una carita diminuta muerta y petrificada hacía eones me miraba, y parecía sonreir tristemente. Le devolví la sonrisa, y luego lloré por ella, y por mí, y por todos los fósiles del pasado que habían sido barridos por la marea del tiempo, o se habían extinguido para dar paso a especies más fuertes, más modernas y mejor adaptadas.
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Este es ahora nuestro hogar. Frio y desolado, al principio añorábamos el esplendor y las luces brillantes, y los fuegos de la tecnología. En esta corteza semigélida, en esta atmósfera tenue, tan expuesta a las radiaciones del espacio, tan fina que se ven las estrellas desveladas, casi como en el vacío, nos hemos visto obligados a buscar refugios subterráneos. Huimos del frío, del enemigo y de la guerra.Hacinamiento y hambre, los primeros años. Precarias ciudadelas bajo la superficie, atesorando el escaso calor geotermal. Pequeños viajes de exploración, en cortos radios alrededor de las entradas de nuestras ciudades. Sin vida. y el frío cada vez más intenso, y el calor de este planeta moribundo que se extingue. Y el largo sueño.
Siglos de duermevela. Maquinas que nos cuidan en su vigilia de autómatas. La energía, incluso así reducida, que se desvanece poco a poco. Y de repente un ping que nos estremece en sueños, la alarma que avisa de un hecho largo esperado, pero sorprendente.
Hasta en un infierno helado como este, la vida se abre camino. Exóticas reacciones químicas, lentas, torpes, inexplicablemente frías. Las máquinas prosiguen su vigilia. La evolución recorre su largo y ciego camino. Y dormimos, y esperamos.
Tanto, tanto tiempo. Ocasionales averías, la incertidumbre inevitable, la entropía, diezma nuestro número. Con un ojo abierto, a duras penas, seguimos el proceso. Y el discurrir del tiempo, tantas veces adverso, nos depara ocasionales ventajas.
El Sol madre de este guijarro helado gana poco a poco en resplandor mientras avanza a su madurez. Ocasionales, pero intensos periodos de vulcanismo, se aunan a esto para crear periodos un poco más benignos. Despertamos del todo por primera vez en eras, y sobre las extensiones más calientes de la corteza, los supervivientes de este largo viaje a través del tiempo, nos reunimos y decidimos.
Pronto este mundo volverá a ser completamente hostil, y poco a poco nos extinguiremos. La opción está tomada. En un breve periodo de derroche, invertiremos las energías que nos hubieran permitido subsistir en letargo hasta el fin de este Sol. Abocados a un fracaso a la larga, nos jugaremos ahora el todo por el todo. Y nuestras armas serán las mentes.
Manipularemos la evolución de la vida en este mundo. Especies exóticas, pero prometedoras a su manera, pueden ser dominadas e impulsadas hacia un embotado y premioso grado de inteligencia. Hacia la tecnología. Hacia la capacidad energética que nos libere. Entraremos en sus mentes, liberaremos la llama de su sabiduría, y ellos liberarán para nosotros el fuego nuclear que no sabemos administrar por nosotros mismos en este entorno. Encontrarán alguna manera, porque para la vida nada es imposible. Y tal vez entonces este mundo nos será más fértil, y prosperaremos, y volveremos al espacio.
¡Tan cerca de la consumación de los tiempos, tener que fracasar ahora!. Tras tanto tiempo de dominio de estos seres, ser descubiertos por el enemigo. ¿O hay un traidor entre nosotros? ¿Es uno de nosotros el que trata de conseguir el dominio de las mentes de todas estas razas? Como un virus informático, los nuevos protocolos de comunicación que hacen a estas mentes insensibles a nuestro dominio se extienden. Si hubiéramos podido preverlo, aislar el foco de introducción... Pero estábamos tan confiados, casi al final de nuestro proyecto, sólo apenas atentos a ataques externos. ¿Quién podía prever que el caballo de troya aparentaría ser tan sólo otra más de esas criaturas? ¿de qué forma trucaron todo el entorno para que recibiera semejante ayuda?
Nuestros cálculos indicaban que estas nuevas mentes, bajo nuestro estímulo, sólo hubieran tardado unas cuantas generaciones en resolver el problema de la fusión nuclear en este ambiente frío y sin presión, de una forma que nosotros no hemos sospechado, cegados por el calor de nuestro origen. En unos siglos, hubiéramos visto la corteza fundida en magma. Tal vez incluso el Sol inducido a nova. Flujos de energía y prosperidad, y confort, y futuro. Y ahora, el fracaso.
Nuestros lazos con las mentes superficiales se cortan. Uno a uno, nos preparamos para una muerte fría y estéril, lenta en algunos casos, rápida y provocada por la desesperación en otros. ¿De qué sirve empeñarse en una supervivencia sin objetivo? Yo decido ingeniar modos de sobrevivir, me hundo aún más profundo en el exangüe calor geotermal y espero. sospecho que el que ha liberado estas razas de nuestra influencia es uno de nosotros, que ha decidido no compartir el nuevo futuro. O si no, aún así tal vez tenga nuestros mismos objetivos, y en unos pocos siglos millones de megatones de energía fundan los hielos y las piedras de la corteza, y pueda salir de mi refugio, que si no, se convertirá en mi tumba.
Y mientras me hundo en un sopor vigilante, con los últimos restos de mi equipo de comunicaciones, capto fragmentos de los nuevos protocolos circulantes que cortan mis últimos haces de control con la superficie:
"He aquí mi siervo, a quien he escogido;
Mi Amado, en quien se agrada mi alma;
Pondré mi Espíritu sobre él,
El reino de los cielos se ha acercado.
Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios;
sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella."
¿Habrá un futuro de luz para mí?
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